Victoria Ocampo

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Pertenezco a una generación que apareció en la literatura alrededor de mil novecientos sesenta, y que como suele ocurrir con los jóvenes, denostaba a sus mayores y desconfiaba del poder, aunque sólo fuese literario. Para nosotros, buena parte de ese poder estaba encarnado en Victoria Ocampo y Sur. Lo que no impedía que periódicamente devorásemos las nuevas entregas de la revista. Acaso aquel prejuicio adolescente (que no me impidió reconocer sus méritos) hizo que nunca le enviara una colaboración. Vi a Victoria una sola vez, a causa de una polémica que nos había enfrentado y que terminó de manera amable: mediante un té con galletitas Imperiales en la redacción de la calle Viamonte. Años después, la suerte me llevó a ocupar por más de una década su lugar en la comisión de Letras del Fondo Nacional de las Artes, y pude comprobar desde un ángulo diferente la proyección de otra de sus admirables creaciones. Victoria Ocampo trató en forma denodada de agrandar el horizonte cultural de sus compatriotas. Y como no podía esperarse otra cosa, lo hizo a su manera, siempre atenta al surgimiento de nuevos escritores, persiguiendo la lucidez allí donde estuviese. A la distancia, después de haberla leído y releído, considero que no sólo fue una gran divulgadora de las novedades de la cultura universal, imprescindible para que el país edificase una literatura de primera línea en el continente, sino que además, a pesar de las acusaciones de extranjerismo, fue profundamente argentina. Hasta su deslumbramiento por Europa era también una seña de identidad nacional. Porque quería a su país trató de transmitir todo aquello que la conmovía o la emocionaba. La lista de autores que fueron conocidos en esta parte del mundo gracias a Sur, tanto a la revista como a la editorial, es enorme. La deuda de los lectores argentinos, también. En realidad, esa labor estuvo a punto de ocultar (y hasta diría que por bastante tiempo ocultó) a la escritora, a la notable cronista que resplandece en los seis tomos de su Autobiografía, donde se rescatan páginas notables, a partir de las cuales es posible releer con otra perspectiva los diez tomos de sus Testimonios. Pasó buena parte de su vida dando explicaciones, enfrentando críticas, soportando injusticias. Quizá esa haya sido otra demostración de que era argentina. Respondió con obra. De sus muchas páginas deduzco que hubiera querido ser recordada por su literatura; por otro lado, pienso que este homenaje de Patricio Lóizaga le hubiera gustado. Es una forma de agradecimiento. Con los escritores nunca es tarde.

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