En la década de 1940 un astrónomo tuvo una de esas ideas que suelen terminar convertidas en un hermoso bollo de papel para jugar al básquet en la oficina: si en la Tierra hay tanta luz y la atmósfera nos empaña los anteojos estelares, ¿por qué no construir un gran telescopio y enviarlo al espacio? Imaginen la recepción de esta locura científica, en tiempos pre-lunares y, sobre todo, pre-transbordadores espaciales? Sin embargo, desde entonces se construyeron varios telescopios orbitales, perfectamente preparados para escudriñar el universo (¿y más allá?). Y sin dudas el más revolucionario, famoso y productivo de ellos (y de la astronomía de los últimos quinientos años) es el telescopio espacial Hubble, experto en abrir bocas y dejar caer mandíbulas gracias a sus imágenes. Se trata de un observatorio del tamaño de un ómnibus, que orbita encima de nosotros desde 1990 mirando para todos lados, cuyos descubrimientos (como la edad del universo o la energía oscura) y observaciones astronómicas (los agujeros negros o los planetas extrasolares) no sólo agregaron un capítulo o corrigieron algunos gráficos de los textos de astronomía: obligaron a reescribirlos.

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