Tantos años después, el enigma permanece. Federico Santoro, a los veintiún años, todavía espera las respuestas, las claves que lo ayuden a completar su historia. Una mujer Ana Botero, con un nombre demasiado adecuado para ser real, parece tener la clave. Ella conoce el destino de los padres de Federico, secuestrados y desaparecidos durante la dictadura. No sabe donde encontrarla; pero el azar, ese seudónimo del destino, la ubica por él. Pero otro hombre, Varelita, también piensa en Ana Botero. Por muy distintas razones. No le basta haberla humillado y desgraciado en la época más negra de la Argentina, cuando trabajaba con Varela, su socio en la tortura y la extorsión. Cree que puede sacarle un poco más de provecho. Varelita guarda supuestas pruebas de vida de desaparecidos, y cada tanto echa mano de alguna para extorsionar a los parientes vivos. Tantos años después el ardid aun funciona. Quizá pueda hacerse unos pesos, ahora que pasa los días condenado al ostracismo y el anonimato. Lejos de estos hechos, una pareja sobrevive en vilo con las mortajas secuestradas al horror. Son Varela y su mujer, y descubrirán tarde que el pasado no se agota mientras haya vida. Las cuentas pendientes se pagan o se cobran una vez más; nunca se desvanecen. Federico Santoro, Ana Botero, Varelita, tienen que cerrar sus historias; Varela y su mujer están en el lugar donde la historia de todos cobra sentido y debe saldarse. Que el desenlace sea violento es plausible: el origen de todo también lo fue. Luis Gusmán confirma con esta obra que el espanto no es ajeno a la perfección narrativa. Ha escrito un libro conmovedor, de paradójica y duradera belleza: la que emerge de las huellas de la identidad perdida, la que se afirma cuando el enigma, o parte del enigma, se desvanece.

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