Si solo se pudiera elegir una palabra para definir La casa del Dios oculto, esa palabra sería misterio. Si gentilmente nos dejarán sumar una más, sería discreción, o acaso reserva. Es decir, el respeto que alguien, un escritor, tiene ante aquellos acontecimientos que deslumbran y que exigen ser narrados. Por ejemplo: unos ojos de vidrio en Sicilia; un detective psíquico en Estambul; el pavor y la esperanza ante la idea de la resurrección; el enigma de un personaje que parece haber formado parte de la Legión Extranjera; la interminable sombra de una madre, que una vez muerta multiplica los recuerdos y las preguntas en un hijo; el milagro de alguien que se salva de recibir un disparo gracias a la lectura de un libro; el poder evocativo de una foto; las herejías católicas y unos sorprendentes Cristos articulados; la creencia y la religión en sus formas más singulares. De algún modo los relatos que traman este libro son efecto de un hechizo, de un rayo que ilumina y transfigura lo habitual. Algo asombroso ha sucedido o sigue sucediendo, y su explicación se muestra y se evade. Puede ser la casualidad, o puede ser un suceso extraño, que existe indiferente de la razón. En la frontera de esas dos estancias, entre lo mundano y lo extraordinario, escribe Luis Gusmán. Con una prosa sobria y tensa, La casa del Dios oculto es un volumen de cuentos que se leen como una narración, una narración que se lee como una vindicación del misterio. Sin pretender resolverlo; antes bien el fin es conservarlo, mantener claro su enigma, hacerlo propio.

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