Casi no hay templos católicos porteños que, vistos desde afuera, deslumbren. Pero vale la pena -y mucho- adentrarse en ellos y descubrir tesoros que ni siquiera llegan a intuirse cuando se contemplan estos edificios desde el exterior. Por ello puede decirse que, en su conjunto, las iglesias de Buenos Aires interpelan a un visitante que, ni seducido ni atraído por una fachada casi siempre imposibilitada de cumplir tales funciones, puede ir más allá de las apariencias y de las primeras impresiones, y está dispuesto a buscar en el interior lo valioso que no se hace evidente desde afuera. Nada más y nada menos.

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