Hijo de una madre rencorosa e impasible y de un padre enfermizo e iracundo con gusto por la pornografía, Willem Termeer es el narrador de Una confesión póstuma. Como en Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoyevski, Termeer se presenta como un hombre malo, desagradable y enfermo víctima de su herencia y de la impersonal maquinaria social que lo rodea. Incapaz de guardar su secreto, Termeer decide poner por escrito los hechos que lo han llevado a asesinar a su esposa, pensando que tal vez alguien algún día se verá reflejado en él al leer estas páginas. Con un lenguaje agitado y verborrágico, la confesión comienza con el recuerdo de una de sus primeras y más dolorosas experiencias: el ingreso a la escuela y la sensación de haber sido abandonado como un conejo en una jaula de bestias salvajes. De ahí en adelante las cosas no harán más que empeorar.

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