Desde 1843 ministros del emperador Pedro II sabían perfectamente que "o el Imperio terminaba con Rosas, o Rosas terminaba con el Imperio". La presencia en Buenos Aires de un gobernante con el patriotismo, la energía y la astucia de Rosas significaba la consolidación de la nacionalidad argentina, y por lo tanto el límite o el retroceso para la política de expansión imperial hacia el sur. Para 1851 Rosas había forjado la unidad de las provincias argentinas y conseguido con la Ley de Aduana de 1835, el florecimiento industrial, en decadencia desde que los ingleses habían establecido el librecambio de 1809. Defendió la soberanía argentina contra la intervención francesa de 1838-40, y acababa de triunfar de la segunda y temible intervención anglo francesa. Arrojados del Plata los europeos, Rosas iría necesariamente a la unidad republicana y antiesclavista preconizada por su "sistema americano", hasta que Justo José de Urquiza, comandante en jefe del Ejército de Operaciones argentino se pasa con armas y bagaje al bando del Imperio.

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