"Las semanas que siguen al nacimiento son como la travesía de un desierto. Desierto poblado de monstruos: las sensaciones nuevas que desde adentro se lanzan al asalto del cuerpo del niño. Después del calor del seno materno, después del loco abrazo que es el nacimiento, la soledad helada de la cuna. Y luego surge una fiera, el hambre, que muerde al bebé en las entrañas. Lo que enloquece al desdichado niño no es la crueldad de la herida. Es su novedad. Y esa muerte del mundo circundante que le da al ogro proporciones inmensas. ¿Cómo calmar una tal angustia? ¿Alimentar al niño? Si. pero no solamente con leche. Hay que tomarlo en brazos. Hay que acariciarlo, acunarlo. Y masajearlo. Hay que hablar a la piel del pequeño hay que hablarle a su espalda que tiene sed y hambre igual que su vientre. En los países que han conservado el sentido profundo de las cosas las mujeres saben todavía todo esto. Aprendieron de sus madres, enseñaron a sus hijas este arte profundo, simple y muy antiguo que ayuda al niño a aceptar el mundo y lo hace sonreír a la vida." Frédérick Leboyer

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