Perteneciente a la generación de alemanes que revisa el pasado nacional con una distancia refrescante y necesaria, Nora Bossong (Bremen, 1982), una de las jóvenes escritoras alemanas más elogiadas, reconstruye, a partir de una serie de documentos hallados accidentalmente, la historia de un vicecónsul alemán durante el nazismo y la socialdemocracia. El protocolo de Weber es la historia de un personaje absolutamente gris, que vive en un mundo de horizontes estrechos, ejemplo de la banalidad del bien, de la inmensa capacidad humana para la medianía, que intenta siempre que nadie recuerde que él estuvo ahí. En 1943, destinado en Milán, Konrad Weber malversa fondos dirigidos a la construcción de una escuela. Cuando su nuevo jefe (un joven sin carrera diplomática pero seguidor de Hitler) comienza a indagar sobre el tema, a Weber le proponen un negocio arriesgado pero que lo sacaría de su complicada situación: ayudar a refugiados a huir del régimen. Años después, luego de vivir un tiempo en Suiza, Weber intentará reingresar al servicio diplomático de la República Federal Alemana, pero su pasado volverá a encontrarlo. Bossong administra con destreza saltos temporales y voces en busca de los matices del multifacético Weber, ese hipocondríaco temeroso y oportunista sin convicción alguna, cuya mayor cualidad es su capacidad para pasar desapercibido y que no puede (o no quiere) ver la realidad. Una novela exuberante y aguda que refleja el clima agobiante del nazismo así como el de la Alemania de posguerra que solo quería olvidar.

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