Las ciento ochenta cartas que componen este volumen documentan tanto una amistad excepcional como las formulaciones y los proyectos más desafiantes de Benjamin en los años treinta. Gretel -o Felizitas, como solía llamarla- fue para Benjamin una crítica aguda y a la vez comprensiva, con la que podía compartir sus ideas pero también su cotidianidad. Fue ella quien lo ayudó a afianzar su relación con el Instituto de Investigación Social, lo mantuvo en contacto con sus amigos y conocidos de Berlín, e incluso lo apoyó económicamente en los peores tiempos.

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