Este cuento fue seleccionado para integrar la antología de LIJ que la Cancillería editó y llevó a Frankfurt en el 2010, año en el que Argentina fue invitado de honor en la feria. No fue azaroso que Adela Basch, la antóloga, decidiera incluirlo. Es un texto que representa una situación literaria actual: aquella que cuestiona mediante el humor las formas y los contenidos canonizados. Desmoronamiento y reconstrucción. "Una mañana me levanté pensando en una princesa maleducada y desobediente, a la que le gustan las malas palabras, y se me ocurrió que semejante señorita podría hacer buena pareja con un príncipe amoroso y delicado", nos dice Norma Huidobro en la solapa de El príncipe Vainilla y la princesa Chocolate. Uno puede preguntarse por qué en el título el orden de los personajes está invertido, ya que la idea del cuento parte de la princesa e incluso el relato comienza narrando lo que ocurre en el Reino Azul, hogar de la princesa Chocolate. Y uno puede responderse que el orden de los factores no altera el resultado, pero yo pienso que un poco es así y que también sí hay alteración y que en eso reside parte del juego de espacios que plantea el libro. La chica marrón y el chico amarillito le hacen frente a todo lo que se dijo sobre las historias de amor de la realeza y a las formas de acción de los participantes en términos de género. Dejémoslo claro desde el principio: la princesa Chocolate es, más bien, una antiprincesa. Ni una pizca de delicadeza ni de sumisión. Sino todo lo contrario: es malhablada, gritona, desobediente, malhumorada y, para colmo, nada bonita para la gente de su reino. Y lo mismo ocurre con el príncipe, que no es valiente, ni precioso ni reboza de vitalidad, característica fundamental de un héroe. Paliducho y llorón, el príncipe Vainilla también desafía las convenciones de los cuentos de hadas. Con este panorama, no hay espera pasiva -no puede haber- para la princesa. Ella sale a buscar novio. Hay en este punto una tradición literaria que se altera. La torre alta en la que solía esperar quieta y silenciosa la princesa se derrumba. Yendo al extremo de esta ruptura, el encuentro entre príncipe y princesa se hace posible gracias a las malas palabras gritadas por la indomable princesa Chocolate. Ella grita y él tartamudea. Príncipe y princesa, princesa y príncipe, se desacomodaron de los roles establecidos. Y así resulta entendible que el príncipe aparezca como primer término del título: el sentido tradicional del cuento de hadas se modificó por completo, y en esta alteración de la herencia cultural la mujer encuentra un lugar propio, que ya nada tiene que ver con el cedido caballerosamente. Qué decir del trabajo de Nancy Fiorini. ¡Excelente! ¡Y esas coronas-budines! Supo captar las formas humorísticas del texto y reflejarlas también en la imagen. Su estilo, siempre tan original, le dio a esta historia una definición visual fortísima. Impecable. Me encanta Fiorini.

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