-¿Nos fumamos el último porro? -preguntó Jean-Jacques. Mientras lo armaba, me fui a preparar un Nescafé bien fuerte. Cuando abrí la puerta de la cocina, el olor a gas me hizo retroceder. Corrí hacia la entrada a cortar la llave de paso general, pero era demasiado tarde: Pogo estaba muerto con la cabeza en el horno. Fue por pura casualidad si una chispa del incendio no había alcanzado la nube de gas; todo el inmueble habría podido saltar por los aires.

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