La historia de los vascos en la Argentina es una especie de enredadera que trepa por el tronco de la historia del país, mimetizada a tal punto que resulta imposible observar cualquier comportamiento de ese grupo regional sin el telón de fondo nacional, forzando la mirada. Sin embargo, esa simbiosis natural y temprana entre vascos y nativos no invitó a que la planta se fagocite a la enredadera sino que le dio una libertad de movimiento que fortaleció sus virtudes, tomando buena parte de la savia para crecer pero sin perder la armonía de una especie distinta del árbol y, aunque pequeña, visible desde todos los ángulos que se la observase. Desde un momento tan temprano como 1840, viajeros, periodistas, mandatarios y vecinos de los sitios donde se asentaron los vascos los identificaron como algo diferente, incluso a españoles y franceses. Dejaron la zona del puerto cuando muchos preferían anclar en sus alrededores y penetraron en territorio indígena; fueron los primeros vecinos de muchos pueblos y ciudades del interior; tomaron como suyos oficios rudos que otros grupos de inmigrantes y criollos evitaban; conformaron espacios de sociabilidad abiertos, como almacenes de ramos generales u hoteles, verdaderos refugios euskaldunes contra la inevitable añoranza, atenuada por un plato de alubias, un trago largo de la bota, una partida de mus o unos pelotazos contra una pared.

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