Psicólogo, músico, dramaturgo, guionista, narrador, filósofo y maestro. En todas esas expresiones aparece la naturaleza lírica de esa voz única y diferente. Muñoz nunca estuvo dispuesto a encorsetar su palabra a una forma determinada. Recorrió todos los caminos posibles, los que se encargó de inventar, de trazar en terrenos inhóspitos. No le importó que su impronta no se ligara a normativas (a pesar de ser amante de lo clásico). Muñoz siempre estuvo dispuesto a vencer cualquier convención poética. Construyó un desierto propio. Atraviesa sus dunas con desmesura, con el poder de su convicción y un arrebato imaginativo a destajo. Muñoz no lucha con las formas. Simplemente las vence sin reparos, las pasa por arriba. De tal suerte aparecen personajes, sonidos, diálogos, resortes mitológicos, fulguraciones clásicas, sustratos científicos, acordes, paradojas, recortes de su vida, invenciones, corazonadas, pasiones, sermones y menciones. Sería imposible confeccionar una lista completa de los componentes insólitos que abarca su poética. Son inventos de su energía lúdica, de su dinámica expresiva incontenible. Su poesía replica sin amparos ni contemplaciones. La obra convalida su originalidad extrema y lo convierte en sí mismo, en particular y distinto.

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