Ya el título del libro lo advierte: El animal que agoniza ahí afuera sugiere intranquilidad, acecho, algo más allá de uno mismo, que nos busca, que nos espera, que quién sabe qué quiere de nosotros. Siempre hay algo inquietante en la poesía de Paula Varela, en sus imágenes, en los climas, en la escenografía en la que suceden sus textos. Detrás de la elegancia y la delicadeza de su lenguaje, acecha invariablemente la inquietud. Esta es la función de la poesía (y no creo que tenga otra): mover, remover. Extrañarnos, exiliarnos de toda quietud. Estos poemas lo consiguen. Y lo que hacen para lograrlo es, fundamentalmente, alejarse del relato de las neurosis personales -lamentable definición de casi todo lo que se produce hoy en poesía- para profundizar en lo humano antes que en lo personal, y así tocar una fibra universal. Pero, y esto es lo más interesante, los textos de este libro no se detienen en la sugerencia o el presagio de una perturbadora oscuridad: además buscan una respuesta en la belleza. Y a menudo la encuentran. ¿Qué más?

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