El hechizo de la historia americana llevó a Stefan Zweig a otro capítulo de la más grande epopeya: el bautizo de nuestro continente. El tema no es nuevo para los eruditos y los profesores secundarios; pero en cambio constituye una revelación para el gran público lector, los estudiantes y todas las personas de una cultura media que sólo tienen de Vespucio y del nombre de América noticias vagas, incompletas y contradictorias. Vespucio no buscó la gloria de dar su nombre al Nuevo Mundo. La gloria la hizo la casualidad, un impresor que, a su vez, nunca soñó que daría a un desconocido tanto renombre. Zweig sigue con acierto el desarrollo de esta historia que tiene el encanto de una novela. Stefan Zweig ha tenido el talento de convertir un tema árido, relegado a los gabinetes de historia, en un argumento apasionado, palpitante de interés y de misterio. En otras palabras: ha sabido humanizar un personaje desmenuzado por los estudiosos. De un conjunto informe ha creado un ser lleno de hechizo y de atracción, y de un tema inabordable para muchos ha escrito una novela que es historia y una historia que es vida. El Américo acorralado por los eruditos, hecho irreal por tantas críticas y negaciones, es ahora un Américo humano que se pasea enigmático con sus secretos.

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