Dos posiciones irreconciliables dividen a los teóricos del fútbol. La primera, en la que militan autores tan diversos como Jorge Luis Borges y Juan José Sebrelli, tiende a reducir al fútbol a su realidad física inmediata y, sobre tal base, a convertirlo en un mero hecho arbitrario, cuando no ridículo y execrable. Veintidós adultos corriendo detrás de una pelota componen un sin sentido que sólo sirve para despertar las pasiones más bajas del ser humano. La segunda posición ve en el fútbol una forma, extraña pero genial, de la felicidad humana. No niega lo arbitrario ni lo absurdo de este deporte; pero tampoco olvida que la pasión que genera es, al fin de cuentas, una realidad.

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