Echeverría entrega su escritura (su corpus textual) a la violación simbólica de los mazorqueros, al lenguaje del vulgo, y lo hace con una fruición salvaje y nihilista cercana a la desesperación. Los mazorqueros entran a saco en su texto, lo manciíian, lo pintarrajean de sangre, lo degradan con su lenguaje obsceno. Y el autor los deja hacer, les da rienda suelta. Más aun, pareciera ayudarlos en su tarea, dándole a propósito el lenguaje más afectado al joven unitario, entregándolo inerme (desnudo de palabras que salven su dignidad) a manos de sus enemigos. El lenguaje del matadero violando al lenguaje del salón: de esta cópula nace nuestra literatura de ficción.

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