Desnutrición Y Obesidad En Pediatría

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La ciencia de la nutrición ha crecido, dificultosamente, apoyada en estudios metodológicamente complejos que le han permitido emerger de un océano de prejuicios, creencias y conclusiones prematuras en el que ha estado hundida toda la sociedad, sin excluir a los médicos. Más que soluciones se han generado controversias a partir de que se pretende hacer prevalecer la propia opinión por encima de la verdad científica, con lo que se ha desorientado a la sociedad. Algunos indicios de las limitaciones que ha tenido el conocimiento tradicional de la nutrición se muestran, por un lado, en la frecuente variación de las recomendaciones, incluso pasando de un extremo a otro, y por el otro en la magnitud de la malnutrición con la epidemia creciente de obesidad y sus enfermedades asociadas, sin haber resuelto la desnutrición como causa de muerte y enfermedad. Los trastornos de la nutrición, por supuesto, no se limitan a la edad pediátrica, pues las abarcan a todas, pero muchos de ellos se fraguan precisamente en la infancia; basten tres ejemplos: el bajo peso al nacer (indicio de desnutrición intrauterina) y su asociación con diabetes en la edad adulta; la obesidad del adulto, más frecuente entre quienes no recibieron alimentación al seno materno, y los estilos de vida desfavorables, que se forjan en la etapa preescolar y que están en el fondo de muchas de las enfermedades crónicas de los adultos. La nutrición ha sido la gran olvidada en los programas curriculares de los médicos. Acaso los pediatras, por su condición de puericultores y por su confrontación con los catastróficos efectos de la malnutrición de los niños, han profundizado en la materia. Los estudios mexicanos sobre desnutrición infantil han trascendido las fronteras y se ha generado una escuela de la que los autores de este texto son orgullosos herederos. Pero en la mayor parte de los profesionales la nutrición es una asignatura superflua o intuitiva; las decisiones las dejan a los padres o a las amas de casa; si se cree que se requiere algo más se envía al dietista o nutricionista; se acomodan forzadamente dietas preelaboradas o acaso se hacen recomendaciones genéricas, poco individualizadas. Los efectos de las intervenciones nutricionales son difíciles de evaluar, porque no son inmediatos y porque participan en ellos una gran cantidad de variables. Además, el tema está lleno de pasión: desde la satanización de ciertos alimentos hasta el endiosamiento de otros, sin más sustentos que los emocionales o, acaso, los mercantiles. La comida como remedio y prevención tiene una larga historia; como fortalecimiento se alimenta de fantasías que le atribuyen subjetividades inverosímiles, como percibir el calor de las calorías, la potencia de los extractos testiculares o la revitalización inmediata a partir de los alimentos frescos y naturales. La magnitud de la epidemia de obesidad y diabetes (?diabesidad?) amenaza la seguridad nacional. No se puede minimizar. La propuesta de ya no hablar de sobrepeso sino de preobesidad ilustra la idea de que el sobrepeso se menospreció, pues al fin y al cabo no era obesidad. Algo parecido ha ocurrido con la prediabetes. Por un tiempo se negó esta designación y, ahora que se reconoce, no sólo se identifica como una ?preenfermedad?, sino como toda una enfermedad auténtica, en tanto que muestra una serie de alteraciones orgánicas y funcionales. Menguar la epidemia exige una participación de todos. Los médicos de primer contacto son esenciales en términos del manejo oportuno de los factores de riesgo, la educación para la salud de las familias, la identificación oportuna de los defectos en la alimentación, el diagnóstico temprano de los trastornos de la nutrición, el manejo adecuado de las enfermedades que de allí derivan, la solidaridad con pacientes y parientes. Muchas de las intervenciones actuales acaso se limitan a informar y regañar. La obesidad y la diabetes que hoy nos abruman ilustran la complejidad y la multicausalidad, la combinación de factores genéticos y adquiridos, la participación de las creencias y prejuicios, alimentados por intereses comerciales, el contagio social, y las limitaciones del sistema nacional de salud y la sociedad entera para enfrentarlas. Pero la desnutrición sigue azotando a la sociedad, sobre todo en el medio rural. Tanto que se ha reconocido la necesidad de una cruzada nacional contra el hambre, encabezada por el gobierno mismo. La pobreza no permite superar este rezago, y a ella contribuyen atavismos, desinformación, costumbres, sesgos y maniobras. No sólo el costo de los alimentos, sino el acceso a ellos y los problemas con la información contribuyen a su perpetuación. La paradoja en la que coexisten obesidad y desnutrición no lo es tanto si se enfocan como facetas de un mismo problema, vinculado con defectos de la alimentación. A esto se puede añadir las orientaciones ideológicas de la nutrición, las enfermedades crónicas y las presiones sociales que han derivado en los cada vez más reconocidos trastornos de la conducta alimentaria. Los médicos habríamos de ser guías y consejeros ante la confusión, pero lo cierto es que muchos también están confundidos. Ciertamente, la solución de la desnutrición y la obesidad nos rebasa, pero tendríamos que tener información válida y confiable, orientar apropiadamente al público, identificar los trastornos, estimar los riesgos y hacer honor a nuestro papel histórico. La desnutrición ha marcado a generaciones de mexicanos que han sido víctimas de sus secuelas, y hoy ocupamos los primeros lugares en obesidad y sus trastornos asociados. Este libro ofrece a los médicos de primer contacto la información actualizada que les permitirá ser más eficientes en el abordaje de la nutrición y sus trastornos durante la etapa de crecimiento y desarrollo y contribuir de esta manera a atemperar la epidemia. La medicina familiar tiene una gran oportunidad de participar en razón no sólo de ser responsable del primer contacto, sino de tener acceso a las familias en donde se fraguan las enfermedades y se instrumentan las soluciones en el complejo terreno de la nutrición.

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