Este trabajo nació de una incomodidad. Una incomodidad
doméstica, que al momento de escritura se volvió central
y urgente. Es la incomodidad con el chauvinismo rampante
y con el nacionalismo futbolizado que ocupó los medios de
comunicación argentinos durante el Campeonato Mundial de
fútbol en Francia, en julio de 1998. Su centralidad
consistió en asistir, mientras escribía los primeros
borradores, a la primera guerra europea desde 1945,
guerra que todos los análisis periodísticos, más finos o
más groseros, se empeñaron en relacionar con
reivindicaciones nacionales, independentistas o
autonómicas, irredentistas o posmodernas. Pero siempre
escudadas detrás de la forma nación. Y la relación entre
la incomodidad, más vinculada al grotesco criollo, y la
centralidad, donde el grotesco puede revestirse de
tragedia, me llevó a este trabajo. No fue únicamente en el espacio del fútbol donde el
neonacionalismo -por llamarlo, provisoriamente, de alguna
manera que lo diferencie del nacionalismo que construyó
las naciones modernas o que lideró los movimientos
anticolonialistas y antiimperialistas de décadas pasadas-
se enseñoreó rampante. En un artículo en el diario Clarín
de Buenos Aires, Marcos Meyer vinculaba este
resurgimiento con una esfera cultural más amplia, donde
tanto la grabación de canciones y marchas patrióticas
destinadas a atormentar nuevas generaciones de niñitos
con las gestas heroicas de los próceres de la patria,
como el resurgir de ofertas de música folklórica
vinculadas a la celebración de la tierra y a cierto
telurismo anacrónico, ocupan su lugar. En todos los
casos, incluyendo el futbolístico, Meyer acertaba en
señalar la alianza propuesta: un nuevo nacionalismo de
mercado.